En la quietud de la mañana del domingo, cuando la luz vence a la oscuridad, nos enfrentamos al mayor milagro de la historia. Esto no es solo un recuerdo de un evento pasado, sino una realidad viva que cambia el significado de nuestra existencia. Hoy celebramos la victoria sobre la muerte, porque el Señor Jesucristo se reveló como "la resurrección y la vida".
En este tiempo histórico, en el que el mal a menudo parece estar en aumento, somos llamados a no perder la esperanza. Dios, "quien da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe" (Rom., cap. 4, vers. 17*), tiene un plan para cada uno de nosotros. No nos promete una vida sin dificultades, pero nos da la promesa: "He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn., cap. 10, vers. 10*). Esta abundancia no se mide en riquezas terrenales, sino en el fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, etc.
Cristo se ofreció a Sí mismo como sacrificio, para que podamos pasar por nuestra "metanoia" personal: un cambio de mente que nos libera del peso del pasado y del pecado. Y la resurrección de Cristo nos da una esperanza eterna, diciéndonos: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo habría dicho. Voy a preparar un lugar para vosotros. Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Jn., cap. 14, vers. 2-3*).
El Señor Jesucristo es un verdadero regalo de Dios para nosotros y este es un momento para conmemorar este hecho. Así que exclamemos con el salmista: "Este es el día que hizo el Señor: regocijémonos y alegrémonos en él" (Sal. 118, vers. 24*).
* Las citas bíblicas son de la Biblia, nueva traducción de los idiomas originales © Sociedad Bíblica de Bulgaria 2013